Lilia Arellano

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15 Sep

La Costumbre del Poder: ¡Mátenlo!

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* Sacar a las Fuerzas Armadas a las calles a desempeñar funciones policiacas tiene ya un costo humano, social y político. No se trata de tolerar crímenes como el de Georges Floyd, pero tampoco es menester que los jefes de los soldados fallecidos informen a los deudos que sus familiares murieron. Evitar bajas puede requerir ocasionar muertes a los enemigos.

 

Gregorio Ortega Molina

 

Las diferencias entre el orden civil y militar son muchas, algunas sutiles y otras absolutamente claras. La misma palabra adquiere un concepto distinto para cada uno de esos ámbitos. A veces hasta contradictorio.

 

Pacificar, limpiar las calles, poner orden, purificar a México, no indican lo mismo para los milites que para los licenciados (sean abogados, economistas o pseudo profesionales de la política). La divergencia entre la manera de entender la misma voz de orden, muestra el modito de ser del mexicano, nacido de un mundo violento, cruento, traicionero. La fiesta de las balas de Martín Luis Guzmán, o Pedro Páramo de Juan Rulfo… también La muerte tiene permiso de Edmundo Valadés, son notorias narraciones de la literatura mexicana en las que se muestran rasgos del carácter que distingue a esta raza de bronce. Los muertos nos hablan y la calavera nos pela los dientes, como dijera Pepe El Toro, esencia del cine mexicano en Nosotros los pobres.

 

Muchos integrantes de las corporaciones policíacas mexicanas decidieron abandonarlas cuando “sintieron” que, por cumplir con su deber, se les enjuiciaría y sancionaría por violar los derechos humanos. Al menos dejaron de cumplimentar órdenes de aprehensión. “Salen a jugársela y los matan”, me argumentaron algunos amigos y conocidos que llegaron a ser capitanes, comandantes e incluso directores en alguna de las constitucionales e inconstitucionales policías del país.

 

Con los militares es diferente. Los subordinados tienen muy claras sus funciones y lo que indican las instrucciones de los superiores. Poner orden dista mucho de dejar aseado y limpio el catre y lustradas las botas; limpiar las calles obviamente no significa barrerlas; pacificar requiere vencer al enemigo, de ninguna manera abrazarlo.

 

Si entre los civiles prefieren “adjudicar los fracasos y las derrotas a mínimos caprichos del azar, como si eso disculpara las distracciones o sus equivocaciones”, no ocurre lo mismo en el mundo castrense, sea en la Marina o en la Defensa Nacional. Los errores se sancionan, muchas veces con severidad, y allí las órdenes se cumplen porque se cumplen.

 

Antes de poner el grito en el cielo al escuchar la orden ¡mátenlo!, debemos investigar las causas y establecer si se cometió un desatino porque el ejecutado fue, en apariencia, víctima de secuestro; una reacción equivocada, o sólo correspondió al tamaño de la ofensa que recibieron los soldados por actuar como punta de lanza contra el narcotráfico. En ese campo de batalla, los sicarios no abrazan, perdonan ni justifican.

 

Cuando “por accidente” matan civiles en Monterrey, en Tamaulipas, en las inmediaciones de “La Boquilla”, debemos preguntarnos de dónde provino la orden, porque sería más grave descubrir que los soldados y marinos mexicanos son de gatillo fácil y bragueta abierta, dispuestos a cualquier violación, aunque sean mujeres muy mayores.

 

Sacar a las Fuerzas Armadas a las calles a desempeñar funciones policiacas tiene ya un costo humano, social y político. No se trata de tolerar crímenes como el de Georges Floyd, pero tampoco es menester que los jefes de los soldados fallecidos informen a los deudos que sus familiares murieron. Evitar bajas puede requerir ocasionar muertes a los enemigos.

 

Creo que estamos ante la necesidad de acostumbrarnos a vivir en un país de ejecuciones sumarias, desde uno y otro lado de la lucha contra el narcotráfico. Pero que esa idea se haga chicharrón.

 

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@OrtegaGregorio

 

“Los Centros de Atención para Estudiantes con Discapacidad (CAED), un programa piloto que nació hace diez años, no es reconocido como un proyecto oficial y hasta ahora no ha sido considerado en el Presupuesto de Egresos de la Federación.

“En el Primer Informe de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, se indica que en esta modalidad educativa hay 27 mil 878 estudiantes. En el documento se detalla que 46 por ciento de alumnos padece una discapacidad intelectual; 16 por ciento una motriz; 14 por ciento, una auditiva; 10 por ciento una visual, y 2 por ciento una psicosocial.

“Juan Pablo Arroyo, subsecretario de Educación Media Superior, acepta que actualmente no se cuenta con recursos económicos para darle continuidad a los CAED”.

¡Vaya cachaza del gobierno del cambio!, lo primero fue olvidar buena parte de su oferta política de campaña, y en cuanto sintió que la Silla del Águila le queda bien, procedió a quitar lo que le estorba, tal como lo hicieron los jerarcas nazis en cuanto decidieron desestructurar la República de Weimar, recuperar la grandeza de Alemania, y darle una lección a Europa y al mundo, ¡nomás faltaba!

Y sí, aprendimos mucho. Por lo pronto lo que no puede ni debe olvidarse. ¡Nunca jamás!… y también la manera en que disponen de lo estorboso. Muchos olvidaron lo primero, y recuerdan al pie de la letra lo segundo, porque el mundo ha encontrado novedosas formas políticas de hacer a un lado a los pobres y de servirse del trabajo esclavo. ¿Para qué conservar los CAED? A los que allí asisten quieren cancelarles el futuro.

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@OrtegaGregorio

Modificado por última vez en Martes, 15 Septiembre 2020 10:20

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